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martes, 9 de noviembre de 2010

las aventuras de un libro vagabundo



Una novela debe empezar con una bofetada y terminar con un puñetazo, me dijo un hermano de papel. Según otro, es estrictamente necesario que aparezca un cadáver en el primer capítulo. Todos se mostraron confusos ante mi proyecto. Sólo deseo contar mi vida como libro de forma lineal. Así que empezaré, sencillamente, por el almacén al que me llevaron a la salida de la imprenta, continuaré con las librerías y las bibliotecas en las que he vivido, que fueron el escenario de largas discusiones entre compañeros de estantería -incluso llegué a hacer un amigo-, y, sobre todo, ahondaré en mis lectores, ya que vivía para ellos.




Las aventuras de un libro vagabundo es una obra original y singular. Es un “Vidas cruzadas” en el que el protagonista es una obra que va de mano en mano, de estantería en estantería, y de una ciudad a otra.



Cierta obra, impresa en el mes de junio, permanece empaquetada, junto a otros 49 ejemplares, hasta el otoño. Tres meses de espera y desesperación en un almacén a temperaturas considerables. Pasado ese tiempo, el libro llega a una librería que amontona el paquete junto a otros cuantos, no viendo la luz sino para devolver toda la mercancía. Pero al poco, este libro ve por fin esa luz tan ansiada, y cae en unas manos lectoras. Y aquí empieza una aventura vital a través de bibliotecas, librerías, puestos de segunda mano, asientos de transportes y, claro está, lectores.



Sólo hay dos cosas que puedan cambiar realmente a un ser humano: un gran amor y la lectura de un gran libro.



Con una prosa ágil y, en primera persona, transcurre esta novela de aventuras con un libro como protagonista. En él se nos van describiendo avatares de viaje y filosofías de vida. Se nos cuentan anécdotas de escritores y obras, todas ellas narradas a nuestro protagonista en sus estancias en estanterías junto a otros compañeros de fatigas. Se nos habla de la vida y la muerte -impresionante la anécdota de sobre Crimen y Castigo y la muerte del padre del escritor (pag, 111)-, se nos narran experiencias de subastas -nos pone en conocimiento de las subastas concertadas con un caso impresionante (pag. 68)-, nos desmenuza las argucias de una mujer, recién viuda, despechada por el amor a los libros del marido (pag 109), se nos comenta el mundo de las dedicatorias de libros y su posterior venta a mayor precio -curiosa y verídica historia de los libros dedicados a François Mitterrand (pag. 117), etc.



La obra en cuestión es una agradable novela, la primera que escribe este ya entrado en años autor de ensayos y se desenvuelve en este terreno a la perfección. Una obra en la que conviene adentrarse con lápiz y papel en abundancia ya que la cantidad de citas y frases ingeniosas nos obliga a parar de vez en cuando para anotar esas genialidades que hay, en estas escasas 190 páginas, por docenas.



Paul Desalmand nació en 1937 en una pequeña población de la Alta Saboya (Francia). Durante muchos años ejerció de maestro de escuela, tras lo que decidió dedicarse a la escritura y la divulgación. Es autor de más de una cincuentena de libros sobre distintas materias de la cultura y el arte, entre los que destacan L’ecrire est un miracle, acerca del oficio de escritor, y las biografías Cher Stendhal y Picasso por Picasso, siendo Las aventuras de un libro vagabundo su primera novela.


La lectura, como el amor, es la piedra ideal para afinar el alma (Pag 125)

sábado, 30 de octubre de 2010

POESÍA

Jorge L.
Borges

Ausencia
Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron  nichos de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas;
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.
El cómplice

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
Soy el poeta.
El enamorado
Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.
Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.
Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.
Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.
El remordimiento

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.
Una despedida
Tarde que socavó nuestro adiós.
Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un
                                                                  ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda
                                                      intimidad de los besos.
El tiempo inevitable se desbordaba sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros
                                     sino para la soledad ya inmediata.
Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra
                                                    que ya el lucero alivia.
Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de
                                                                         tu abrazo.
como quien vuelve de un país de espadas yo volví
                                                                  de tus lágrimas.
Tarde que dura vívida como un sueño
entre las otras tardes.
Después yo fui alcanzando y rebasando
noches y singladuras.

miércoles, 20 de octubre de 2010

MARGUERITE DURAS


Sobre la lápida de Marguerite Duras en el cementerio de Montparnasse hay una pequeña planta, un montón de pastillas blancas diseminadas a lo largo de la sobria piedra gris, dos flores y dos letras grabadas: M.D. También son dos las imágenes que podrían ilustrar el proceso desaforado de su existencia: la evocación de la preciosa niña cargada de erotismo que viajaba en un transbordador por el río Mekong con un sombrero de fieltro y los labios pintados de rojo oscuro y, justo en el otro extremo, la mujer con el rostro y el cuerpo devastados por el alcohol, vestida con una falda recta y chaleco sobre un jersey de cuello alto que, después de cuatro curas de desintoxicación, entró en un coma de cinco meses. Marguerite Duras saltó en un instante del principio al final de su vida pero, en la breve duración de ese instante, hizo lo que quería hacer: écrire. Escribir.


Escribía y amaba lo que escribía hasta la obsesión. Ella misma se preguntaba qué era aquella necesidad mortal que había conseguido que viviera en un mundo paralelo al de los demás y que fuera existiendo cada vez menos porque todo, su esencia, se lo entregaba a la escritura devoradora. A los quince años le dijo a su madre que lo único que quería hacer en la vida era narrar y se preguntaba sinceramente qué hacía con su tiempo la gente que no escribía porque ella había llegado a pasar por el tamiz de la literatura incluso los recuerdos más dolorosos. Una de las manifestaciones más desgarradoras contra el nazismo aparece en su texto El Dolor en el que describe su impaciencia cuando, desde las ventanas de su casa en la rue Saint-Benoît, contempla apoyada en las persianas cómo la gente pasea y ella quiere gritar que en el interior de aquella habitación un hombre, su marido, ha regresado vivo del horror de los campos de concentración alemanes y que, a pesar de tener el cuello tan delgado que se puede rodear con una sola mano, todo lo que debe tomar es caldo en cucharillas de café porque su estómago se desgarraría con el peso de cualquier otro alimento.

Nació en 1914, el día 4 de abril, cerca de Saigón, en la Indochina francesa (lo que es hoy Vietnam del Sur). "No puedo pensar en mi infancia sin pensar en el agua. Mi país natal es una patria de agua", diría M.D. Era la primera niña de cinco hermanos, dos de ellos, Pierre y Paul, hijos del matrimonio y los otros dos, Jean y Jacques, hijos del padre con una esposa anterior que había muerto en Hanoi. Su padre, profesor de matemáticas, tuvo que ser repatriado a Francia cuando ella tenía sólo cuatro años a causa de unas fiebres infecciosas y jamás regresó a Indochina. Murió después de haber comprado una casa cerca del pequeño pueblo francés de Duras donde quería pasar el siguiente verano con toda su familia y que serviría, sin que él llegara a saberlo, para reemplazar en el futuro su propio apellido. Esta muerte dejó a la familia en una situación económica mucho más precaria y comenzaron a llegar las estrecheces. Los hijos crecieron como vagabundos por la selva, casi tomando un aspecto indígena y todo lo que podía hacer la madre para conservar su deseado y privilegiado aspecto occidental era alimentarlos con comida traída directamente desde Francia, comida que ellos aborrecían y que no aceptaban.

Marie Legrand, la madre de Marguerite, luchó contra la pobreza con todas sus fuerzas. Se aferró a sus posesiones, a su tierra que debía salvar continuamente del mar y del viento si quería que algo creciese de ella, mientras iba descubriendo el extraño atractivo de aquella niña que no se vestía como las demás, que tenía una manera propia de hacer las cosas y que podría resultar fascinante para los hombres. Marguerite conoció a su amante chino y ser ricos se convirtió entonces en una auténtica obsesión. Con el tiempo, la escritora consideraría que el dinero no cambiaba nada porque siempre conservaría "una maldita mentalidad de pobre". Para ella la pobreza al nacer era hereditaria y perpetua. No se podía curar.


Cualquier lector de Un dique contra el Pacífico o de El amante descubrirá que estos primeros datos de su biografía le son ya familiares. Porque leer los libros de Marguerite Duras implica leerla también a ella. En un verdadero acto de vivisección literaria, extraía su propio dolor, lo matizaba con el bálsamo de la escritura y luego lo entregaba a un lector que debía descubrir que aquello que leía en su obra no era simplemente el relato de la subsistencia vital de una escritora sino de la evolución individual de cada uno de sus personajes que no eran sino un reflejo novelado de lo ocurrido realmente a miles de seres humanos a lo largo del siglo XX. Marguerite Duras nos ofrece en sus libros una descripción de diferentes momentos cruciales en diferentes lugares del mundo tan fidedigna como la de cualquier historiador, pero con un añadido importante: ella muestra el sufrimiento, la esperanza y la compasión de los legítimos protagonistas de la Historia.

Su primer libro fue rechazado por la editorial Gallimard, pero siguió escribiendo y una vez terminada su siguiente obra, Les impudents, amenazó con suicidarse si no lograba que la publicaran. En 1943 entró en la resistencia mientras su querido hermano Paul, que había continuado junto a su madre en Saigón, moría de una bronconeumonía por falta de medicamentos. El dolor se le hizo insoportable y lo reflejó en La vida tranquila, el libro que estaba escribiendo y que Gallimard publicó en 1944. De esta manera Marguerite Duras obtuvo por fin el reconocimiento que esperaba, pero no pudo disfrutarlo porque la Gestapo detuvo a su marido en el apartamento de su hermana en la rue Dupin. En ese momento M.D. se propuso no escribir y no volvió a editar nada hasta 1950. Ella, que había amenazado con el suicidio si no llegaba a publicar, de repente se daba cuenta de lo nimio de la literatura comparado con el dolor de la realidad.

Literatura y realidad… Dos nociones difícilmente separables en esta autora que atrapa y devora porque su narración rezuma autenticidad y siempre es complicado renunciar al encanto de algo auténtico. En 1950 apareció su primer éxito literario, Un dique contra el Pacífico, y a partir de entonces fueron publicándose obras memorables como Los caballitos de Tarquinia (1953) que narra la experiencia de unas vacaciones en Italia, Días enteros en las ramas (1954), Moderato Cantabile (1958), Hiroshima mon amour (1959) que se convertiría en la famosa película de Alain Resnais y El arrebato de Lol V. Stein (1964), novela con la que alcanzó el apogeo de su actividad creadora. Según sus propias palabras en una entrevista concedida a la televisión francesa, escribir El arrebato de Lol V. Stein resultó especialmente complicado: "Escribir siempre es duro, pero en aquella ocasión tenía más miedo que de costumbre. Era la primera vez después de mucho tiempo que escribía sin nada de alcohol y tenía miedo de escribir cualquier cosa". Por supuesto, no creó cualquier cosa. Creó un personaje desposeído de sí mismo que ve en un baile cómo la persona a la que ama se está enamorando de otra y eso hace que ella quede relegada a un plano de casi inexistencia. Creó un personaje tan desesperado y, al tiempo, tan adorable que muchos años después la autora declararía que lamentaba no haber sido ella misma Lol V. Stein. Porque la había concebido, lo había escrito todo sobre ella, la había creado, pero no había sido Lol y por lo tanto sentía "ese duelo que he llevado toda mi vida por no ser Lol V. Stein".
En su siguiente novela, El Vicecónsul (1965), el protagonista sale al balcón de su casa en Lahore y dispara al aire. No dispara a los transeúntes ni a las palomas. "Dispara contra el dolor, la desgracia y contra el millón de niños que iban a morir de hambre en los próximos cuatro meses." Después vinieron La amante inglesa (1967), El amor (1971), El amante (1984), El dolor (1985), Emily L., La vida material… No voy a explicar más argumentos de sus novelas porque lo mejor, lo único, que se puede hacer es recomendar su lectura. Tampoco voy a concluir hablando de su muerte ni de las más recientes polémicas en torno a biografías no autorizadas, biografías póstumas, derechos a los que aspiran unos o a los que aspiran otros y estúpidos libros muy bien encuadernados llenos de fotografías. Todo eso no tiene nada que ver con la literatura y pocas veces he visto a un escritor (a una escritora) llorando ante su propia imagen en blanco y negro ofrecida en el transcurso de una conmovedora entrevista realizada en su piso de Trouville con motivo de la publicación del libro El amante de la China del Norte. Escuchaba con atención las declaraciones que ella misma había hecho en 1964 y 1965 acerca de sus libros El arrebato de Lol V. Stein y de El vicecónsul respectivamente y asentía con frecuencia haciendo diversos comentarios. "Cada libro supone para el autor su propio asesinato. Siempre hay una depresión posterior que se manifiesta a través de algo físico". Una mujer pequeña, sentada en un sillón, vestida con una falda marrón, un jersey del mismo color y un pañuelo oscuro ocultando el cuello, que hablaba de literatura con tranquilidad y que adoraba a sus personajes hasta el llanto. Una autora que se preguntaba cómo era posible escribir porque en un principio no había nada y de pronto había una página escrita: "No puedo explicarlo y creo que no hay ningún escritor que se libre de esta ignorancia". Una escritora que se planteaba semejantes dudas y que tenía una manera tan cautivante de ver el mundo que logró dejarnos libros espléndidos. Y supongo que eso es lo único que importa cuando hablamos de literatura. Los libros y, tal vez, la pasión de su autor. Lo demás, por qué no decirlo, es sólo decepción y podredumbre.
Pilar Adón

UN DIQUE CONTRA EL PACÍFICO
De inspiración autobiográfica, esta novela relata la vida en Indochina de la peculiar familia formada por Suzanne una seductora adolescente, su madre y su hermano Joseph. La madre, una mujer abatida por la vida y que ha intentado en vano cultivar una concesión que todos los años es invadida por el Pacífico, sólo tiene un deseo: casar a Suzanne con Jo, el poco atractivo hijo de un acaudalado especulador de terrenos: un joven feo pero rico, tan rico como para permitir a la madre reconstruir los diques y saldar sus numerosas deudas. Sobre el telón de fondo del mundo colonial que inspiró también la célebre novela El amante, se desarrollan las iras y los amores de Joseph, la resignación de Suzanne, las intrigas de Jo para seducir a la muchacha y los intentos de todos por encontrar un futuro mejor.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Trópico de Cáncer

 
Henry Valentine Miller (Nueva York, 26 de diciembre de 1891 - Los Ángeles, California, 7 de junio de 1980), novelista estadounidense. Su obra se compone de novelas semiautobiográficas, en las que el tono crudo y sensual suscitó una serie de controversias en el seno de un Estados Unidos puritano que Miller quiso estigmatizar denunciando la hipocresía moral de la sociedad norteamericana. Influyó notablemente en la llamada Generación Beat.





Biografía
La juventud de Miller fue errática. Alternaba diversos trabajos con breves períodos de estudios en el City College de Nueva York. En 1924 se casa con June Mansfield tras divorciarse de su primera esposa, Beatrice Sylvas, con la que tuvo una hija.


En 1930, durante la Gran Depresión, se va a Francia donde vive el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En esta época, Miller decide consagrarse totalmente a la literatura. Sus primeros años de bohemia en París fueron miserables, tuvo que luchar contra el frío y el hambre; se alimentaba con las comidas que le ofrecían y dormía, cada noche, bajo un puente distinto. La suerte se presentará en la persona de Richard Osborn, un abogado americano que le ofrece una habitación en su apartamento. Cada mañana, Osborn, dejaba encima de la mesa de la cocina un billete de 10 francos para que Miller lo gastara a su conveniencia. Conoce a Anaïs Nin (de la que fue amante), a Brassaï y a Alfred Perlès, y empiezan sus tanteos con el surrealismo.


En el otoño de 1931, Miller obtiene su primer empleo como corrector de estilo en el periódico Chicago Tribune, gracias a su amigo Alfred Perlès; ocasión que aprovecha para publicar varios artículos que firmará con el nombre de "Perlés", dado que sólo los miembros del equipo editorial podían editar sus escritos. Escribe, en ese año, Trópico de cáncer, en la Villa Seurat de Montparnasse, que será publicado gracias al apoyo de su amiga y amante, la también escritora Anaïs Nin, en 1934. Esta novela le supuso, en los EE.UU, un proceso por obscenidad, según las leyes vigentes en esa época dictadas contra la pornografía. Esta novela estuvo censurada, en su país, hasta la década de 1960, y sólo pudo ingresar clandestinamente con la portada de Jane Eyre, el clásico de Charlotte Brontë.


Miller prosigue su batalla personal contra el puritanismo intentando liberar, desde un punto de vista moral, social y legal, los tabúes sexuales existentes en la literatura americana. Continúa escribiendo novelas, todas censuradas en los Estados Unidos por obscenas. Publica Primavera negra (1936), y Trópico de Capricornio (1939), que consiguen su difusión en los EE.UU pese a tener que ser vendidos subrepticiamente, lo cual contribuye a forjar su reputación de escritor underground.


egresa a los Estados Unidos en 1940 y se instala en el Big Sur (California), donde continúa produciendo una literatura pujante, colorista y socialmente crítica. Escribe El coloso de Marussi (1941), que versa sobre un viaje a Grecia, país que visitó invitado por Lawrence Durrell; el libro más que una guía al uso es un monumento lírico a la sensualidad mediterránea, una crítica brillante al modo de vida americano y un alegato por la paz. Le siguieron La pesadilla del aire acondicionado (1945-47), la trilogía La crucifixión rosa, compuesta por Sexus (1949), Plexus (1953), y Nexus (1960). Escribió Las naranjas del Bosco en 1957; y el estudio literario, El mundo de D.H. Lawrence en 1980.


Se le ha considerado, incluso, un postmoderno. Sus trópicos, tachados de pornográficos, generaron una gran polémica y fueron prohibidos en los países anglosajones. En 1964 la Corte Suprema de los Estados Unidos anula, de la Corte de Estado, el juicio contra Miller por obscenidad, lo que representa el nacimiento de lo que, más tarde, será conocido con el nombre de revolución sexual.


Entre sus aficiones estaban las de pianista amateur y pintor. Escribió libros sobre su pintura y tras su muerte, sus acuarelas fueron trasladadas a dos museos: el Henry Miller Museum of Art en la ciudad de Omachi Nagano (Japón) y el Henry Miller Art Museum en la Coast Gallery de Big Sur.






Falleció en Pacific Palisades, California. Sus restos fueron incinerados y sus cenizas esparcidas sobre Big Sur


http://es.wikipedia.org/wiki/Henry_Miller
 
 
 



 
 
 
Estamos ante una de las obras maestras del siglo XX, y en su tiempo, escandalosa y controvertida, que fuera censurada por las leyes estadounidenses debido a su explícito tratamiento del sexo; por tanto, Trópico de Cáncer hubo de esperar casi treinta años (hasta 1960) para ser publicada, al menos abiertamente, en Estados Unidos (sin embargo, cabe mencionar que la obra fue ingresada de contrabando al país americano bajo la cubierta de Jane Eyre, la obra clásica de Charlotte Brontë).



Trópico de Cáncer es un libro semi autobiográfico de Henry Miller, contado de forma maravillosamente abierta y honesta, que habla acerca de las aventuras y desventuras del autor en su vida en París, a puertas de la Segunda Guerra Mundial. Es un libro lleno de reflexión, tabú y observaciones sobre de la naturaleza del ser humano, donde además destaca la capacidad de relatar con pulcritud y objetividad una vida desenfrenada de nuevas vivencias, aventuras amorosas, decepciones y riesgos.


Pero finalmente, el miedo al vacío es lo que determina el camino a seguir del protagonista. La novela gana ligereza con la constancia y decisión de Miller de incluir las sensaciones de su personaje a cada hecho ocurrente. El resultado es una obra íntima, pero firme de convicciones y plena de citas iluminadas con la chispa del genio. Adicionalmente, al estar narrada en primera persona, Trópico de Cáncer se despoja de la ambición y la pretensión. Como factores en contra, tenemos que la constante presencia de los monólogos, así como los saltos entre el presente y el pasado, pueden llegar a cansar al lector. Asimismo, al ser el personaje un borracho aspirante a escritor, que espera las noches para su rutinaria visita a los burdeles parisinos, difícilmente el público se sentirá identificado con este personaje.


Sin embargo, si nos ceñimos a los cánones literarios, nos encontramos frente a una obra de estilo fresco y muy recomendable; una obra que permanece actual a pesar del paso del tiempo.



“Cada quien tiene su tragedia privada. La lleva ya en la sangre: infortunio, hastío, aflicción, suicidio. La atmósfera está saturada de desastre, frustración, futilidad. No obstante, el efecto que me produce es estimulante. En lugar de desanimarme, o deprimirme, disfruto. Pido a gritos cada vez más desastres, calamidades mayores, fracasos más rotundos. Quiero que el mundo entero se descentre…” Trópico de Cáncer



lunes, 20 de septiembre de 2010

POETAS ARAGONESES 1

JOSÉ ANTONIO LABORDETA



CESARAUGUSTA DOS
Cuando el cierzo desciende y se alza la niebla,
toda la ciudad –mi Zaragoza amada- se cubre de palabras
que surgen del silencio hacia la nada.

Es entonces –el enorme Paseo
se hace suave y hermoso- cuando veo las cosas
como fueron: El niño, la explanada,
la vieja que vendía cacahuetes y almendras.
Pero cuando otra vez
el aire del Moncayo violentamente baja,
surgen los comerciantes
en paños y en alhajas
aupando a un tonto sabio
que viene a hablar del alma.

¡Ay mi ciudad
con tantos pedestales
cubiertos de anónimas palabras!:
¿A dónde te diriges?

Sólo tu espesa niebla
permite ver las cosas
igual que se veían en la infancia


EL TIEMPO DIFÍCIL (V)
Cantamos.
Cantamos por las calles –avenidas a medias-
con nuestro amor -¿amor aquello?- sobre
la espalda recién cicatrizada aún.
Y tardes enteras
en las vespertinas sesiones de cines humildes
cogidos de la mano -¿amor aquello?- inútilmente
horas y más horas. Hasta casi las nueve de la
noche.

Y luego el reverendo padre
en el púlpito barroco y torturado
acusándonos a todos -¿amor aquello?-
por unos besos nunca omitidos.

Y a pesar de todo
cantamos hasta abordar tus labios
con mis labios desesperadamente hartos
del silencio no vida tantas horas paradas
ante un escaparate iluminado.

¿Amor aquello?

Sí amor aquello
unido abrazo pleno hasta saciar la sed
del dedo la palabra el llanto
la agonía de los besos furtivos
en un baile aséptico domingo por la tarde
en la ciudad.


HABLO POR HABLAR
Hablo, por hablar,
hoy que está desierto el mar
y una paz agreste invade
estas turolenses llamaradas
de fuego y de dolor.

Hablo del día a día que sucede,
de las tardes que adiós nos despedimos,
de los hijos que llegan,
de las tierras que acogen nuestros cuerpos
y de todo aquello
que va formando, al fin, nuestra figura.

Del paso indefinido
hablo también

y hablo, para quedar en paz con mi conciencia,
del tiempo jamás recuperado,
huido entre sonrisas, adioses y lágrimas,
que nadie reservó para el otoño.

Hablo del campesino y de su hondura,
del herrero que fragua su tristeza,
del minero que invade las entrañas,
del poeta que, a solas, agoniza.
Hablo de mi mujer y su esperanza.

Y hablo de este pequeño dios
que ha entrado en casa,
después de tantos días esperado.

Hablo y hablo
y nunca sé por qué guardar silencio
.


HOY QUISIERA

Hoy quisiera olvidarme del mar,
del mar en las ventanas,
del dígale usted a todos buenos días,
seguimos por aquí,
así como siempre, muy buenos de salud
y de agonía.
Hoy quisiera
no saber las palabras,
olvidarme los ritos, las maneras,
ser tan libre como la mano de una niña,
o el ojo de un pájaro en la niebla.
Hoy quisiera
-queremos siempre y para nada sirve-
decir palabras lentas,
melodías colgadas de la sombra,
sueños que se entrecruzan, heroicas campanas.
Pero somos de aquí,
del billete señor,
la carne va subiendo
y el hígado del viejo se estropea.
Somos
de las tardes de fútbol.


Hoy quisiera
-quieres tantas cosas-
cerrar de una vez esta ventana
y descansar del ruido de allá afuera.
Pero entran el mar,
el ruido y el regusto brutal
de toda esta tierra.
Somos de ahí,
de enfrente, justo al lado
donde se ama y crea.
Somos
-y hoy yo quisiera...-
del urbano paisaje de la tierra
y aquí no hay quien se salve
de la hoguera.

lunes, 13 de septiembre de 2010

El maestro de Petersburgo



Leemos esta quincena el libro de Coetzee, El Maestro de Petersburgo. Adjunto breve biografía del autor y breve reseña del libro.




Novelista surafricano. Nació en Ciudad del Cabo y estudió en las universidades de Ciudad del Cabo y Texas. Desde 1971 da clases en la Universidad de Ciudad del Cabo. Sus novelas, a menudo alegóricas o simbólicas, atacan el sistema del apartheid en Suráfrica o echan abajo los ejemplos históricos del colonialismo. Pocos escritores surafricanos han sabido equilibrar tan bien como Coetzee el reclamo de la justicia social con las exigencias técnicas y estéticas de la novela. Ganó el premio Booker por Vida y época de Michael K (1983), historia de un luchador por la libertad. Otras novelas son Tierras en penumbra (1974), En el corazón del país (1977), Esperando a los bárbaros (1980) y Foe (1986). También ha publicado varios libros de ensayos, como Doblando el cabo: Ensayos y entrevistas (1994). Su novela El maestro de Petersburgo (1994) explora nuevos horizontes narrativos, haciendo regresar a un Dostoievski ficticio al San Petersburgo de 1869 desde su autoexilio de Dresden, donde se había escondido de sus acreedores rusos. En el año 2003 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura.






En El maestro de Petersburgo Coetzee recrea a su modo la figura del escritor Fiódor Dostoyevski, contando un episodio en el que el autor vuelve a San Petersburgo para averiguar las circunstancias de la muerte de su hijastro Pavel, que aparentemente se ha suicidado.
La historia emocional del padre que busca el perdón de un hijo al que abandonó por egoísmo (porque le molestaba en su relación con su nueva y joven esposa), se convierte en un complejo análisis sobre la relación entre padres e hijos, y en un documentado retrato del escritor ruso. Dostoyevski es en apariencia un hombre de talento, correcto, atractivo, ronda los cincuenta pero aún tiene mucho éxito con las mujeres, un escritor de prestigio que se entiende debe tener dinero… sin embargo, a lo largo de la novela, de su pensamiento y de sus actos se revela un hombre inseguro, supersticioso, machista, endeudado por su afición al juego, egoísta, tirano (su joven esposa lo llama “el amo”), tacaño, insensible hacia los que sufren (los pobres, los animales), mujeriego, con una sexualidad exacerbada, morbosa, en la que llega a rozar la pedófila.
Junto al profundo retrato psicológico del protagonista, Coetzee introduce una reflexión sobre la época de la Revolución rusa en la que se sitúa la novela. Nachaev, cabecilla revolucionario, cuyo partido es “el partido de la Venganza”, representa el enfrentamiento de los jóvenes contra el poder establecido (de nuevo, hijos contra padres) pero también un símbolo del pensamiento radical que llega a manifestarse en las formas más bárbaras: el terrorismo, los asesinatos sin sentido, la violencia y la devastación irracional. Curiosa la relación entre Dostoyevski y Nachaev pues aunque el escritor odia al revolucionario, sus historias y su forma de ser se parecen demasiado: los dos tuvieron un padre maltratador, los dos han sido jóvenes contestatarios (Dostoyevski llegó a estar condenado en Siberia), los dos presentan ciertos rasgos de locura y los dos son igualmente narcisistas e insensibles hacia los sentimientos de los demás.
Pero aún hay más en esta novela densa y difícil (quizá la más difícil de las que se ha leído hasta ahora en el Taller de Lectura) pero interesante y profunda. ¿Qué busca Dostoyevski en este viaje a Petersburgo? Busca el perdón, busca una señal de salvación, pero lo que encuentra en los escritos de su hijastro que le entrega la policía es únicamente un castigo, la prueba de que su hijo lo odiaba. En ese momento Fiódor podría comprender y perdonar, pero al contrario, se manifiesta igual a su odiado Nachaev: sobreviene el rencor y la necesidad de venganza. Y la venganza para él es sencilla: corromper los escritos de su hijo, inventar un Pavel que no es el chico agradable que todo el mundo ha conocido, sino un tipo mezquino y oscuro, ensuciar su imagen a través de la escritura, mientras los lectores asistimos al proceso creativo de un escritor, al proceso en el que éste pervierte y distorsiona la realidad.

sábado, 4 de septiembre de 2010

POETAS BILBILITANOS 1


BLANCA LANGA HERNÁNDEZ.

Premio "Gerardo Diego de poesía 1988" por "Cementerio de gorriones"

"Franjas de sombra" recibió el premio de Poesía

"Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal"

REGRESO

Vino a reconciliarse con la tierra
en busca de una niña que abre el trébol
y cuenta las estrellas en los ojos
de todo aquel que añora los prodigios.

Vino en busca del mago del armario
que corona las frentes de violetas,
del hada del geranio
que extravió para siempre su varita
en la senda del tiempo, junto al árbol.

Fue buscando
las alas del gorrión en la ventana
y la risa del duende que no existe.

Abrió sus manos,
pues quería abarcar aquella infancia,
la ternura perdida que extrañaba
entre cada regreso y cada abrazo.

(De "Franjas de sombra")

POEMISIVA

Esta tarde quisiera ver el mundo

con los ojos agudos del payaso,

ir mucho más allá de las miradas,

o traer una alondra en el bolsillo.

Y mañana quisiera, al encontrarnos,

hacer de cada verso un lazo rojo

para poder ataros las sonrisas

al anónimo blanco de las sábanas
y a las batas sin nombre pensativas.

Demostradme que sí, que en un poema

hay espadas de luz, que las palabras,

en esta broma absurda de la vida,

aún pueden derribar a los dragones.

¡Demostradme que sí!

Toda la fuerza
indomable y antigua de este abrazo.

( De "Poemas a Viva Voz III")


TAL VEZ POR ESO,
o porque todo cabe,

alimento ahora mismo a las alondras

que me abren las ventanas.

Dejo que vengan hacia mí los pájaros

y aniden en mi falda,

y que en mi frentepicote

en la paz y las ideas.

Nombro las cosas, las miradas nombro,

los sueños atesoro, la nostalgia,

y, aunque sé que es inútil y que nadie

puede guardar en cofres las palabras,

las anoto en tus manos, amor mío,

las escribo en tu piel,
grabo en tu cuerpo

con mis dedos de lluvia las palabras

que sustraigo a la luz y que rescato

en mis labios terrosos para el aire.

Algún día,

mientras ande en tu boca atando versos,

el hachazo de un viento ineludible

barrerá una a una mis palabras

y tu piel quedará para nombrarme.

El rastro de mi voz sobre tu cuerpo.

Para que yo recuerde y tú no olvides

el mar del otro lado

desatará la lengua para hablarme.

Para que yo no olvide y tú recuerdes.

En tus ojos marinos mis palabras

se abrirán para ti como esta tarde

en que grabo mi voz sobre tu cuerpo.

(De "Tal vez sea la luz)


VOSOTROS

Buceaba en las sombras.

No sabía

que el canto mineral de los silencios

heriría mi voz con su guadaña.

Escribía palabras entre sueños,

-la frente coronada de amapolas,

las manos horadadas por la luz-,

el miedo iba creciendo en mis papeles.

Iba dejando un rastro de añoranza,

para que, si me voy, queden los ojos,

las manos y las voces que he amado,

y siempre estéis ahí, en mis palabras,

uno a uno en la luz de mi retina,

vosotros, que encendisteis mi mirada

cuando andaba estrenando la ternura.

( De "Tal vez sea la luz")