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viernes, 25 de febrero de 2011

POESÍA

RENNETH REXROTH (EEUU. 1905-1989)

Ilustración de Pablo Gallo
Libro del Voyeur (Ediciones del Viento)
 Los poemas de amor de Marichiko (selección)

para Kenneth Rexroth
Marichiko
para Marichiko
Kenneth Rexroth


IV
Me preguntas en qué pensaba
Antes de que fuéramos amantes.
La respuesta es fácil.
Antes de conocerte
No tenía nada en qué pensar.

VI
Sólo nosotros.
En nuestra pequeña casa
Lejos de todos,
Lejos del mundo,
Sólo el sonido del agua sobre la piedra.
Y entonces te digo:
"Escucha: el viento pasa entre los árboles".


VII
Hacer el amor contigo
Es como beber agua de mar.
Mientras más bebo
Más sedienta me pongo,
Hasta que nada puede saciar mi sed
Sino beberme todo el océano.


IX
Me despiertas,
Apartas mis muslos, y me besas.
Te regalo el rocío
De la primera mañana del mundo.


XIII
Tendida sobre la pradera, abierta a ti
bajo el sol de la tarde,
Una vaga neblina esconde a medias
Mis pétalos de rosa.


XV
Porque sueño
Contigo cada noche,
Mis días de soledad
son sólo sueños.


XVIII
El fuego
Quema mi corazón.
No levanta ningún humo.
Nadie lo sabe.


XX
¿Quién está ahí? Yo.
¿Quién yo? Yo soy yo. Tú eres tú.
Tomas mi pronombre,
Y somos nosotros.

XXV
Tu lengua borda y se desliza
Dentro de mí,
Y me vuelvo sorda y resplandezco
Con una luz inestable
como el interior
De una expansiva
Y dilatada perla.

XLII
Cuántas vidas hace
que nadé por vez primera en el torrente del amor,
Para descubrir al fin
Que la orilla es inalcanzable.
Y sin embargo sé
Que voy a seguir nadando y nadando.

XLIV
El desorden de mi pelo
Se debe a mi almohada insomne y solitaria.
Mis ojos hundidos y mi rostro demacrado
Son tu culpa.

L
En el parque un cuervo despierta
Y se lamenta bajo la luna llena.
Y yo me despierto y lloro
Por los años que se han ido.

LI
¿Me hiciste tuya porque me amabas?
¿Me hiciste tuya sin haberme amado?
¿O solamente me hiciste tuya
para poner a prueba mi corazón?

lunes, 21 de febrero de 2011

Las tribulaciones del estudiante Törless – Robert Musil

Musil provenía de una familia de la baja nobleza (Edler). Todavía siendo un niño, entró interno en una academia militar, experiencia que le serviría, luego, para escribir su primera novela, Las tribulaciones del estudiante Törless. Abandonó sin embargo dicha academia y se licenció como ingeniero. Hizo una tesis importante sobre el físico Ernst Mach en 1908, sólo estudiada recientemente.


Su curiosidad le llevó a extender sus estudios a la psicología, la lógica y la psicología experimental en la Universidad de Berlín. Enseñó ingeniería mientras escribía su primera novela, Las tribulaciones del joven Törless (1906), descripción de la vida de unos adolescentes en un colegio militar. El éxito de esta obra le animó a dejar la enseñanza y a compaginar su trabajo como bibliotecario y editor de la revista Die neue Rundschau con la escritura de dos novelas cortas sobre las relaciones sexuales, Uniones (1911).



Musil sirvió en el ejército imperial durante la Primera Guerra Mundial y después fue funcionario civil en la nueva República de Austria, entre 1919 y 1922, antes de dedicarse enteramente a escribir. Publicó un libro de cuentos, Tres mujeres, en 1924. Salvo dos años en Berlín (1931–1933), vivió en Viena hasta la anexión de Austria a la Alemania nazi en 1938, momento en el que se exilió en Suiza, en parte por el origen de su mujer Marthe, en parte por su visceral oposición. Murió en Ginebra, con dificultades económicas, en 1942.


En este lapso su tarea fundamental fue escribir una larga (dos volúmenes), panorámica e inacabada novela, El hombre sin atributos (1930–1943), donde examina la existencia sin objetivos de su personaje principal, Ulrich, un antihéroe, sobre el fondo de la sociedad austriaca anterior a 1914 en plena crisis; la minuciosa recreación la lleva a cabo considerando una especie de sociedad patriótica (la acción paralela), las discusiones con unos amigos nietzscheanos, y ciertos amorios, incluyendo sus raras relaciones con su hermana. El hombre sin atributos constituye una de las obras narrativas más ambiciosas del siglo XX, en la que se discuten mil teorías, y consagró póstumamente a su autor, como un escritor que en sus obras combinó de una manera excepcional la ironía con la utopía, para analizar la gran crisis espiritual de su época y la descomposición del Imperio austro-húngaro



"Las tribulaciones del estudiante Törless” se enmarca en un género tan clásico como es el de las novelas de aprendizaje, aunque las diferencias con éstas sean, precisamente, lo que dota al libro de un aire específico muy interesante. Robert Musil escribió esta obra a principios de siglo, en 1906, quizá desgranando sus propios recuerdos tras el paso por una academia militar en su juventud.

La novela nos presenta al joven Törless, hijo de una familia acomodada que estudia en un instituto para jóvenes adinerados. Rodeado por muchachos despreocupados y ociosos, el protagonista sufre una hipersensibilidad fruto de su carácter sentimental y abstraído, lo cual provoca que sus relaciones con su círculo más íntimo (compuesto por los chicos más rebeldes y carismáticos) sean complicadas. El abuso que sus dos compañeros más cercanos, Beineberg y Reiting, ejercen sobre Basini, otro alumno al que descubren robando dinero, es la prueba definitiva para que Törless dé rienda suelta a sus emociones más reprimidas e incomprensibles. La atracción por Basini (en un principio muy abstracta, después sensual y, al final, puramente intelectual) le sume en un pozo de perplejidad: el conocimiento que cree tener del mundo se ve socavado por los comportamientos que observa a su alrededor, y que juzga como carentes de lógica. La turbación a la que se ve sometido le lleva a una nueva toma de posición respecto al mundo, haciendo así que el joven experimente un proceso de madurez bastante acelerado. El narrador lo describe así:

Sí, existen pensamientos muertos y pensamientos vivos. El pensamiento que se mueve en la superficie alumbrada por los rayos del sol, que siempre puede referirse al hilo de la causalidad, no tiene por qué estar vivo. [...] Un pensamiento que quizá ya había atravesado nuestro cerebro hace mucho tiempo sólo cobra vida en el momento en que se le suma algo que ya no es pensamiento, que ya no es lógico, de modo que sentimos su verdad más allá de toda justificación [...]. Un gran conocimiento sólo ocurre a medias en el círculo luminoso del cerebro y es, sobre todo, un estado anímico, en cuya punta más alta el pensamiento sólo está posado como una flor.


Törless únicamente había requerido una conmoción del alma para impulsar ese último brote a las alturas.

Como puede observarse en este pasaje, la prosa de Musil no es, en absoluto, sencilla o directa. De hecho, “Las tribulaciones del estudiante Törless” es una obra muy psicológica, al estilo de la trilogía de Los sonámbulos de Hermann Broch, ya comentada aquí. El narrador de la novela es reflexivo, y sus percepciones discurren mucho más allá de los límites del pensamiento del protagonista o de los otros personajes.


La entrada en la madurez del joven Törless es dolorosa y carente de racionalidad: su asunción del sufrimiento como hecho adulto no le convierte en alguien mejor, sino distinto. No hay crecimiento en un sentido moral, ya que su visión del mundo continúa estando llena de perplejidad; se siente diferente, mayor, pero su comprensión de este acontecimiento es confusa y los pasos que ha debido dar hasta alcanzar ese nivel no le han servido para afrontar mejor la vida que sobrevendrá. Törless ha experimentado una madurez psicológica (en tanto que reflexiona sobre los sucesos que acontecen en el instituto) que, paradójicamente, no le conduce hacia un autoconocimiento más profundo, sino hacia una incertidumbre total acerca de todo lo que le rodea. Quizá el gran acierto de Musil sea plasmar esa contradicción tan frecuente mediante una historia oscura y unos personajes alejados de estereotipos, aunque su estilo convierta la lectura en un periplo bastante arduo. El narrador no hace concesión alguna a la claridad y se esfuerza por plasmar en palabras la aridez de unos sentimientos que no por habituales son menos complejos, por lo que hay pasajes que pueden ser muy enrevesados.


Pese a este detalle, es un ejercicio intenso el acercarse a esta obra tan llena de matices. Un trabajo, por cierto, que resulta mucho más placentero dado el esmero que se ha puesto en la edición, que recopila esta obra de juventud de Musil junto con otros tres libros más y que facilita la toma de contacto con la particular forma de narrativa que practicó el escritor austríaco. El esfuerzo de lectura merece la pena

viernes, 18 de febrero de 2011

Oliverio Girondo




11
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discuciones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con derecho a manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque paresca mentira -esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferible a los momentos de calma y silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar un asperosidad a que aferrarse. la caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se ratifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota con los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece qeu ya se va a extinguir, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!...
____________________________________________
Escrito por Oliverio Girondo
Tomado del libro "ESPANTAJAROS (al alcance de todos) (1932)"

viernes, 11 de febrero de 2011

. . .

Si algún día yo estuviera muy enfermo
Sin posible salvación para los médicos
Y vinieses a verme
No me moriría

Si vinieses a darme un beso
Solamente
Y entre tus manos se templara mi tacto
Si oyese
Ya con los ojos cerrados
"Hola Ramón, he venido a verte"
Y tus labios se posaran en mis labios
Dejando en mi boca un aliento de vida enamorada
No me moriría

Brotaría de mis pecho un limonero
Con ramas florecidas
Abrazadas a tu cuerpo
Y llorando de alegría
Nos iríamos los dos juntos.

. . .

Si estuvieras muy enferma
Desahuciada ya por los medicamentos y los cirujanos
Pálida
Sin el ánimo que surge de tu centro
Y oyeses mi voz caliente decirte desde cerca
"Hola Vida, he venido a verte"
No te morirías

Con mi respiración sobre tu boca
Un suspiro entraría en tu pecho
Y una gota temblorosa
Cayendo desde la altura enamorada
Sobre tu garganta
Y el color del mundo
No te morirías

Entre mis labios tus labios
Tus dedos en mis manos
Todos mis brazos te levantarían
Hacia una sonrisa
Hacia un grito
Y te daría las gracias
Por dejarme ser
Contigo.


Ramón Montejano (2007)
"Si no fuera por San Valentín"

lunes, 7 de febrero de 2011

El túnel

Leemos esta quincena El túnel de Ernesto Sábato. Adjunto biografia y reseña del libro



Ernesto Sábato nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, en 1911. Hizo su doctorado en física y cursos de filosofía en la Universidad de La Plata. Trabajó luego en el Laboratorio Curie, en París, y abandonó definitivamente la ciencia en 1945 para dedicarse exclusivamente a la literatura.


Ha escrito varios libros de ensayos sobre el hombre en la crisis de nuestro tiempo y sobre el sentido de la actividad literaria -El escritor y sus fantasmas (1963), Apologías y rechazos (1979)-, y tres novelas: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961), y Abbadón el exterminador (1974).

Dice Sábato: "Puede parecer un acto de horrible esnobismo que tres crisis fundamentales de mi vida se sucedieran en París, pero efectivamente así fue. La primera se produjo en el invierno de 1935, cuando yo era un muchacho de 24 años. Desee 1930 milité en la Juventud Comunista, cuando la dictadura del general Uriburu. Abandoné estudios, familia y mis comodidades burguesas. Viví con nombre supuesto en La Plata, en cuyos suburbios estaban los dos frigoríficos más grandes del país, donde se explotaba despiadadamente a toda clase de inmigrantes, que vivían amontonados en tugurios de zinc, rodeados de pantanos de aguas podridas. Repartíamos manifiestos, participábamos de la organización de huelgas. Hacia 1933 fue ya secretario de la Juventud Comunista, cuando habían empezado mis dudas sobre el estalinismo, y entonces resolvieron mandarme a las Escuelas Leninistas de Moscú, a purificarme. Si hubiese ido, no habría vuelto jamás vivo. Tenía que pasar previamente por Bruselas, por un congreso contra el fascismo y allí supe con horrendos detalles de los "procesos" de Moscú. Me escapé a París, viví un invierno muy duro en la piecita de un compañero disidente, mientras el partido me buscaba. Logré volver a la Plata, donde proseguí mi carrera en física-metemática. Cuando terminé mi dieron una bourse para trabajar en el laboratorio Curie, donde trabajé durante casi un año y, allí en París, asistí a la ruptura del átomo de uranio, que se disputaban tres laboratorios: ganó la "carrera" un alemán. Pensé que era el comienzo del Apocalipsis. Viví en una confusión horrible, mientras escribía mi primera novela y cometí la infamia de dejar que Matilde se volviera a la Argentina con nuestro primer hijo, de pocos meses, mientras yo tenía una amante rusa. La tercera crisis fue consecuencia de todo esto, y de mi vínculo con los surrealistas: Domínguez, Matta, Wifredo Lam y otros. En otro día de invierno fuimos con Domínguez, a la tarde, al Marché aux Puces y volvimos después en el Metro hasta Montparnasse, donde tenía su estudio Domínguez. En la calle, ya era de noche, en un especie de nevisca, Domínguez se detuvo y me dijo:"¿Qué te parece si esta noche nos suicidamos juntos ?" No era una broma, era muy propenso, como lo probó años después. Yo me negué, aunque también me atraía el suicidio: me salvó mi instinto, y aquí estoy, junto a la Matilde de todos los tiempos, una de esas "mujeres fuertes de la Biblia", que está muriendo, en medio del dolor más profundo de mi vida, en el final de una existencia muy compleja." (Ernesto Sábato, 24 de enero de 1995)






"El Túnel" es una novela de estructura psicológica escrita por el argentino Ernesto Sabato. Presenta en el personaje de María Iribarne la comprensión de la totalidad y el absoluto a la vez que las zonas ocultas de misterio que impulsarán a Juan Pablo Castel a asesinarla. El pintor, al dar forma a su obsesión interna, debe renunciar a cualquier otra opción, en un proceso a la vez constructivo y destructivo que centrará el análisis de las motivaciones del crimen. Obra esencial de Ernesto Sabato, El túnel nos entrega los elementos básicos de su visión metafísica del existencialismo. Es una obra en la que abunda el pesimismo en cada diálogo o pensamiento de los personajes.




"El túnel", como llamó Sabato a su libro, es lo oscuro del alma, lo que el hombre pretende conocer como la verdad.



Tras su publicación en 1948, Sabato logró el reconocimiento internacional al recibir elogios de personalidades del mundo como Thomas Mann y Albert Camus.



"El túnel", una historia sobre la incomunicación y sobre la conversión del amor en odio, es una novela fácil de leer, que se puede considerar policíaca, aunque no de misterio; desde el principio sabemos quién es la víctima y quién el verdugo. Pese a la amargura y el pesimismo que recorre toda la trágica historia, Sabato deja también espacio para la ironía.

miércoles, 2 de febrero de 2011

ALGUIEN

    
     No he sido yo. Sé que no he sido yo. Despertándome ya sentí un hedor que me advertía, era ese olor confuso y disperso de cuando entras en una carnicería. Aún estando todo oscuro me atenazó la certeza de que había pasado algo, algo de verdad, algo gordo. Me levanté a ciegas. Las chanclas no estaban en su sitio, justo donde poso los pies cuando me incorporo. Lo que otro día me hubiera provocado nerviosismo en ese momento me pareció insignificante. No reparé en ello y me dirigí descalzo y a tientas hacia la cocina. Era mi casa, sabía donde estaba todo, la distancia que hay entre el dormitorio y el comedor, y que la puerta de la cocina queda justo a mitad del recorrido, a la derecha. Aún así iba rozando con el dorso de mis dedos y con las uñas la pared, hasta que dieron con el marco. Allí el olor era contundente, nada que pudiera ser fruto de un delirio. Con la mano izquierda abrí la puerta y, ya dispuesto en medio del silencio oscuro a descubrir lo que fuera, mi mano derecha estaba sobre el interruptor.


     ¡Que tonto! Yo no había hecho nada, me acababa de levantar, Charo estaba en la cama, en su sueño bello y femenino, los niños durmiendo en la inocencia de sus cuartos. ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba allí, en el quicio de la puerta, espectante en la oscuridad?


     En el primer parpadeo del fluorescente ya descubrí formas abultadas sobre la encimera y un goteo gelatinoso que se despegaba de los bordes del mantel. Ya todo iluminado la visión era sobrecogedora. Los colores, las formas, la peste, se conjuntaban en una sinfonía hedionda de bultos intocables. El verde, el gris, el marrón, formaban un lienzo barroco de formas mezcladas, incorporadas unas en otras en una espiral sin fín y amorfa. Alguien había estado mucho tiempo allí y nadie se había dado cuenta. Alguien había estado allí mucho tiempo y no había salido nunca.


     Desorientado en medio de semejante, tuve la misma necesidad de todos los días; tomar café, tomar café caliente. Dispuse la cafetera en el fuego, me senté, con el brazo hice el gesto de retirar la montonera, respiré hondo, la visión se me apoderaba, respiré hondo. Ya me preparé el café y otra vez sentado me lo tomaba despacio, cuando oí los pasos de los dos chicos dirigiéndose hacia la cocina. -"¡Anda, vaya cara tienes!, ¿podemos desayunar viendo la tele?" - "Vale." - Cuando acabé de decir "vale" supe que yo no había hecho nada, porque mis hijos sabían que yo no había hecho nada.


          Ramón Montejano Herrenos


                                                                                          

jueves, 27 de enero de 2011

Sabor a Chocolate


Leemos esta quincena "Sabor a Chocolate" de José Carlos Carmona . Adjunto entrevista del autor


“Entiendo la postmodernidad como una desorientación más profunda debida a la aceptación colectiva de que la razón no es un mecanismo infalible para comprender el mundo y la realidad, lo que nos lleva a no tener certeza sobre la verdad.” Entrevistamos a José Carlos Carmona, autor de Sabor a Chocolate.




Dice de Sabor a Chocolate que está basado en hechos reales, ¿cómo surge la idea?



Realmente es un juego literario: ¿por qué cambia la percepción de una obra que por todas partes grita que es una novela cuando de pronto se puede leer entre sus palabras inventadas “Basada en hechos reales”? Me interesa esa percepción entre literaria y psicológica de lo que sea una novela para los lectores. Queremos jugar con las emociones y con la racionalidad e inventamos palabras “Eleanor Trap bajó de un avión…” y también “Basada en hechos reales”. Yo podría no llamarme José Carlos Carmona y no tener el currículum que ahí aparece escrito. O sí pero soy mil cosas más, y por lo tanto inaprensible. No obstante, todos los lectores han percibido los hechos reales en los hechos históricos que, sí, me sirvieron de hilo conductor. Pero “Sabor a chocolate” no es la verdadera historia del joven Giuliani (pero podría haberlo sido y eso es lo importante).



Dos guerras mundiales son el telón de fondo que escoge para retratar la vida de unos personajes en su anhelo por ser felices. No es una novela sobre la guerra, sino sobre personas que intentan ser felices en dicho escenario. ¿Cree que es el mejor escenario para hablar de cuestiones que desde entonces nos acompañan como la escisión del sujeto contemporáneo?



“La escisión del sujeto contemporáneo”… Interesante. Debo aclarar que soy amigo de la Asunción de la perplejidad y de la pérdida. Creo que es la manera más sana de vivir: sabiendo que no sabemos nada (metafísicamente, al menos) y asumiéndolo. Y creo en la teoría del juego: “la vida es un juego. Y sólo eso”. Una vez dicho esto, cuando veo al sujeto actuando como escindido pienso que se inventa su papel para jugar a sentirse escindido pero la verdad es que todos estamos perdidos (incluso los que creen que tienen la verdad). Pero después del juego y de esta cierta nada que es nuestro todo, está el sufrimiento real de mucha gente y de ese pienso que sí hay un culpable que es nuestro sistema económico mundial (aunque también juegan: pero juegan con la vida de los demás y eso me parece peor). Pero si lo piensas en mi novela verás que mi posición de partida es exactamente la contraria: es la cobarde, la que quiere asirse a una realidad inmutable: por Suiza no pasó ninguna guerra y por lo tanto es cómoda para el escritor que ve cómo todo ocurre a su alrededor. Aunque en cualquier entorno es verdad que la gente intenta ser feliz pero para ello ¡hace una de tonterías…!



El ritmo de la novela es trepidante, con párrafos y capítulos cortos, ¿Por qué elige esta forma de escritura?



Primero porque me gustó en Seda y en El árbol de la ciencia de Baroja, y en Todas las mañanas del mundo, de Quignard; y en La tarde de un escritor, de Handkel. Y luego porque estoy convencido de que la gente no tiene tiempo para leer y pensé en darle un tratamiento ágil en la forma para facilitar su lectura en el metro, en una parada de autobús o en un descanso del guerrero (sea cual fuere la guerra). Aunque al final ha resultado al revés: casi todo el mundo se lo ha leído de un tirón.



¿Cree que es la mejor formula para acercarse a la postmodernidad?



Yo entiendo la postmodernidad como una desorientación más profunda debida a la aceptación colectiva de que la razón no es un mecanismo infalible para comprender el mundo y la realidad, lo que nos lleva a no tener certeza sobre la verdad. Quizás este sea un factor para tanta superficialidad. Pero creo que el mundo ahora no se define por esa postmodernidad sino por el capitalismo desbocado que hace que la gente tenga que trabajar mucho, en cosas que no le gustan y a una larga distancia de sus hogares. En ese entramado sí que creo que hay que escribir libros que faciliten la lectura por medio de capítulos cortos y narraciones breves pero lo más intensas posibles.



Se ha dicho de su novela que es un experimento literario, ¿Está de acuerdo con la definición?



Un experimento requeriría más valentía de la que yo he aportado en ese libro. Además, esto ya estaba hecho antes. Una “investigación” podría ser: busco, trabajo con formas, moldeo, copio, regurgito, siento, palpito, rujo. Un experimento (tristemente) no vendería tantos ejemplares. Pero sí puedo jurar ante todos los dioses del olimpo que todo el tiempo (y cuando digo todo el tiempo me refiero a todo el tiempo en el que escribo, todo el tiempo que doy clases de creación literaria, todo el tiempo que hablo con mis amigos escritores, ¡¡TODO EL TIEMPO!! Pienso en cuál es mi papel en la Historia de la Literatura una vez que ya sé, conozco, todo lo que se ha hecho antes de mí. Todo el tiempo me preocupo de qué debo hacer; ¿qué espera de mí la Historia?, ¿cuál debe ser el siguiente paso? Sé (¿ha quedado claro?: SÉ) que la cosa no va de seguir contando historias. Esto va de algo más que, imagino, tendrá que ver con la forma. Y pienso e investigo y leo y leo y leo. ¡Pero es tan difícil ser Picasso y avanzar! Pero creo que la cosa no va por los experimentos y sí va por la investigación. No queda otra opción (o no sé verla). Quien haya leído mis libros anteriores se percatará más que en “Sabor a chocolate” que busco formas sin parar (contando historias… no hay quien se escape).



¿Cuáles son sus influencias?



Siento que alguien me influye cuando adoro su forma de contar y me sumerjo en él y me impregno y después me pongo a escribir para ver qué se me ha pegado. Así he hecho con Carver, con Cheever, con Lorrie Moore, con Saul Bellow, con Philip Roth. Ellos son mis maestros. Y no es que me hayan influido es que yo he querido dejarme influir por ellos después de haberlos conocidos. Pero en “Sabor a chocolate” no hay influencias tal como las acabo de definir, hay modelos a imitar para ver qué sale. Y los modelos han sido Baricco, Baroja, Quignard, Handkel.



Adrián Troadec es un sujeto ilustrado, capaz de idear planes que la vida se encarga de modificar ¿Qué nos intenta decir con él y con los demás personajes?



Tengo una lucha personal con el destino: él me quiere llevar por donde le parece y yo intento llevarlo a mi camino. El cabrón es duro. Y me da coraje. Una vez conseguí un gran logro y me escribí para mí mismo (¡y para él!) una genealogía de cómo había llegado hasta ahí por mi propio camino poniendo yo los peldaños que luego debía subir; y lo escribí para cerciorarme de que yo mandaba. Me gustó hacerlo. Le di por culo al destino y por escrito. Dos o tres semanas después perdí aquello y volví a una senda donde el azar (su celestino) había intervenido. Hoy soy feliz: soy profesor de Universidad y tal…, pero no era esto exactamente lo que yo quería. El cabrón del destino me ha tentado (ha sabido hacerlo el muy ladino) y he picado. No estoy aquí sólo por seguir mi plan sino porque alguna “oportunidad” me desvió. Creo que hay algo de esto en la novela.